aplaco mis ansias y me adentro en un café un tanto peculiar, un lugar poco lúcido, que no invita a entrar por su apariencia, más bien por la experiencia que promete. entro, tengo que agachar la cabeza para evitar un descenso en picado y sin claro final. desfilo por las escaleras con precaución, nada fuera de lo normal, me reciben sonrisas, indiferencia y humo, mucho humo. pero una sensación de contradicción enturbia mis pensamientos. miro eufórico a mi alrededor, no sabía lo que iba a encontrarme, sólo buscaba una sustancia. fundada en un tubo de plástico recubierto por un sello firmado con la cara de un perro, un bulldog, rodeado de calidad y confianza, y de experiencia, 35 años para ser exactos. vuelvo a sorprenderme. no sé definir el sentimiento que siento en ese momento. demasiada naturalidad.
please, dice la dependienta que nos da la invitación al final de las escaleras , se muestra tajante ante la poca educación expresa de un cliente que se creía estar en potestad de exigir y no de pedir. can I have a joint, Please, le espeto a la misma una vez despachado el indeseable personaje. recibe mi señal de comprensión, y de buen rollo. al día siguiente (13) me daría tres besos y me desearía un feliz aniversario. el tercero fue extrañamente inesperado, me encanta descurbrir nuevas culturas. y lo fue, como la sinceridad de sus palabras, no cumplía, agradecía la amabilidad prestada. una vez reunido con mis amigos, con los correspondientes porros en mano, todos desprendemos una sensación ufana. el sentimiento no encontrado, la tranquilidad intranquila. estaba cometiendo un acto allí que aquí me valdría una buena reprenda con sello oficial del gobierno, estaba seguro pero inseguro. la clandestinidad española comparada a la libertad de ámsterdam. no soy un fumador asiduo de dicha sustancia, allí tampoco lo fui. los actos llevados con filosofía y placer, se disfrutan mejor, libre o privadamente.


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